14 de noviembre de 2011

Por una identidad inclusiva

La constitución apostólica sobre las universidades católicas Ex Corde Ecclesiae (=ECE) señala que «La responsabilidad de mantener y fortalecer la identidad católica de la Universidad compete en primer lugar a la Universidad misma».

Esta responsabilidad, continúa el documento, la asumen de manera diferenciada los distintos grupos que componen la universidad: autoridades, docentes, etc. (cf. ECE, art. 4, 1). Así como ningún miembro puede dejar de preguntarse por el significado de tal identidad, tampoco ningún miembro puede dejar de oir ni valorar lo que otro dice sobre aquello en un debate libre y responsable.
Esta identidad católica en la cual se mira la UC puede comprenderse de manera débil o de manera fuerte. Lo católico no se restringe a una particiáción litúrgico-sacramental; lo católico no es tampoco un protocolo de ceremonias ni una revestimiento que disfrace cualquier acción de la comunidad. La ECE, como es de esperar, tiene una visión más compleja de lo católico.

Lo católico de la universidad es que el Espíritu de Cristo está presente en la vida de la Universidad de manera vital (cf. ECE, 21 también 14). Lo anterior significa que la comunidad es animada por la libertad, la caridad, el respeto recíproco, el diálogo sincero y la tutela por los derechos de cada uno de manera que cada miembro avance en alcanzar la plenitud como personas humanas (cf. ECE, 21). El énfasis que señalamos quiere indicar que la catolicidad es más un motor que una meta, un servicio más que una identidad fija.

Un proyecto educativo concebido de esa manera debe ser ante todo un proyecto universitario donde lo católico contribuye positivamente a que la universidad sea más universidad. Creo que allí se encuentra el sentido gracias al cual la constitución antepone el interés por el desarrollo humano antes que la celebración sacramental de la vida cristiana. En efecto, la Constitución asienta sobre el carácter universitario de la institución el deber de ocuparse de aspectos fundamentales de la comunidad humana (cf. ECE, 32):

  • La dignidad de la vida humana (de toda ella, no solamente su inicio).
  • La promoción de la justicia para todos.
  • La calidad de vida personal y familiar.
  • La protección de la naturaleza.
  • La búsqueda de la paz y de la estabilidad política.
  • Una distribución equitativa de los recursos del mundo.
  • Un nuevo ordenamiento económico y político que sirva mejor a la comunidad nacional e internacional.

En este empeño las universidades católicas no se distingue de otras universidades. Hay que decirlo enfáticamente: allí habría que concentrar los esfuerzos y afirmar con claridad que por el carácter católico esos fines se ven potenciados. En todo caso, lo católico no es únicamente un motor entre otros que contribuye al movimiento de la embarcación como impulsándola desde fuera, lo católico tampoco es un «recurso» a explotar como si fuera una marca comercial ¿Qué es entonces, según la ECE?
La comunidad encarna su fe, dice más adelante el documento, en las actividades diarias con momentos significativos de reflexión, oración y vida sacramental. De esa manera, se viviría una fe encarnada (cf. ECE, 39). Las actividades diarias no son estas últimas, son aquellas que se ordenan a los fines antes expresados para toda universidad y el fin de las actividades religiosas es descubrir el Espíritu de Cristo impulsando y moviendo a la comunidad y a la sociedad al logro de los fines anteriores.

Esto es comprender la identidad católica de manera fuerte, puesto que no la expulsa a un exoesqueleto de prácticas, no la reduce o a una simple -aunque potente- motivación ni menos la constituye como un simple sello de identidad. Las actividades diarias de oración, reflexión y celebración tienen sentido católico si se realizan en conexión con el encuentro del Dios vivo que solidariza con las búsquedas de sentido, justicia y plenitud de los seres humanos. Esta es la línea de pensamiento que el Concilio Vaticano II trata de instalar. Leamos un texto programático sobre el cual se basa ECE:

Porque la cultura, por dimanar inmediatamente de la naturaleza racional y social del hombre, tiene siempre necesidad de una justa libertad para desarrollarse y de una legítima autonomía en el obrar según sus propios principios. Tiene, por tanto, derecho al respeto y goza de una cierta inviolabilidad, quedando evidentemente a salvo los derechos de la persona y de la sociedad, particular o mundial, dentro de los límites del bien común (Gaudium et Spes, 59).

Así, las celebraciones «católicas» de una universidad no pueden ser del mismo tono que las que cualquier católico o católica encuentra en su parroquia: en la universidad en esa búsqueda de plenitud participan en derecho y con libertad personas de otras religiones y personas sin credo religioso (cf. ECE, 26) por lo cual esas actividades de oración y reflexión deben dar cuenta de su profundo carácter ecuménico e inclusivo. En otro texto menos conocido del Concilio, Gravissimum Educationis (=GE) se expone una idea similar en relación a la labor de las universidades católicas:
[Q]ue cada disciplina se cultive según sus principios, sus métodos y la libertad propia de la investigación científica, de manera que cada día sea más profunda la comprensión de las mismas disciplinas, y considerando con toda atención los problemas y los hallazgos de los últimos tiempos se vea con más exactitud cómo la fe y la razón van armónicamente encaminadas a una sola verdad (GE, 10).

Así, la labor de la universidad católica no es ni podar las investigaciones o encaminarlas desde fuera, tampoco simplemente estimularlas como cualquier otra universidad lo católico de la universidad está al servicio de un anuncio: Dios solidariza con el mundo. Nuestras complejas búsquedas de juticia, fraternidad e inclusión son también las de este Dios que camina con su pueblo a su ritmo.
En otras palabras, para que una universidad sea realmente católica debe ser cada vez más inclusiva puesto que la inviolabilidad de las búsquedas humanas que declara el Concilio tiene dentro de la universidad un valor fuerte ¿quién podría excluir de la vida universitaria católica, del debate, de la investigación, de la búsqueda, a quienes en nombre de la dignidad humana busca una cultura más inclusiva, más justa?

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